
Como último capítulo -por el momento- de mi serie de artículos sobre “internetología” (y es que también me salen enganchados, como las cerezas), quiero manifestar mi profunda indignación -estoy seguro que compartida por mis lectores- por la invasión a la que nos tiene sometida la publicidad en internet.
En los comienzos de la red, se insertaba publicidad en las páginas web. Sin más, al estilo tradicional. Textos y
links (vínculos) que desde la página que estabas visitando intentaban convencerte para llevarte a negocios o compras más o menos relacionadas con el tema del que se tratara.
Más adelante se inventaron aquello de los
banners, que eran como los vínculos de antes pero con imágenes y texto en movimiento. A veces flotaban sobre el texto de la página, lo que los hacía bastante incómodos.
Viendo que los usuarios no sólo no compraban ni el palo de una escoba, sino que en la medida de lo posible no volvían a la página en cuestión, los publicistas se sacaron de la manga los
pop-
up; que eran como los
banners pero se abrían por encima de la página visitada. Eran bastante difíciles de cazar cuando uno los perseguía con el puntero del ratón; pero al fin uno, ayudado de diversos programas ad hoc conseguía eliminarlos.
Y de repente los ingeniosos programadores rizaron el rizo y se inventaron los
pop-up independientes y sonoros, que se abren a traición, en una página independiente, y sin relación alguna con lo que en ese momento estás haciendo.
Este tipo de publicidad no sólo es sumamente molesta, sino que provoca situaciones tan surrealistas como la siguiente:
Estás leyendo el último artículo de Juan Manuel de Prada mientras escuchas la cantiga 159 de Alfonso X el Sabio:
“Non sofre Santa Maria de seeren perdidosos
os que as sas romarias son de fazer desejosos.
E dest' oyd' un miragre de que vos quero falar,
que mostrou Santa Maria, per com' eu oý contar,
a us romeus que foron a Rocamador orar
como mui bõos crischãos, simplement' e omildosos…”
Y de repente te salta, sin saber de dónde, la Paulina Rubio cantando:
“Ni una sola palabra
ni gestos ni miradas apasionadas
ni rastro de los besos que antes me dabas”
Lo que, mezclado con la música medieval suena como un coro de demonios. Y cuando uno se pregunta si su ordenador no estará poseído y empieza a buscar en Google el número de un exorcista, se abre en pantalla completa un anuncio de tonos para el teléfono móvil.
No sé ustedes, pero yo preferiría lo de la posesión diabólica. Sería la solución más sencilla. Porque por más agua bendita que le echo al ordenador, no creo que vaya a conseguir que los pop-up dejen de atosigarme.